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Noviembre 2014
Ciencia, Cultura y Tecnología
E
l Sol es el mejor amigo de la
Tierra, pero puede causarnos
dificultades sin mayor aviso.
Eso se comprende mejor si
se tiene en cuenta que se trata de una
enorme estrella que está “apenas”
a 150 millones de kilómetros de
nuestro planeta. El Sol es un enorme
caldero de plasma de gas sometido
a las altísimas temperaturas que
genera su núcleo, donde procesos de
fusión nuclear convierten hidrógeno
en helio, liberando cada segundo 5
millones de toneladas de energía pura.
Eso es mucho, y parte, sólo parte de
esa tremenda cantidad de luz y calor,
llega hasta nosotros. Gracias a eso
podemos vivir, pero en las últimas
décadas la humanidad se ha hecho
extraordinariamente dependiente de
la tecnología espacial y los satélites
para todo tipo de sistemas y servicios
de telecomunicaciones y transmisión
de datos. La cultura moderna, los
sistemas financieros, bases de datos
y otros elementos de la vida diaria
descansan en sistemas tecnológicos
que tienen en los satélites su punto
neurálgico.
Durante la segunda quincena de
octubre, los días 19 y 22, hubo grandes
perturbaciones solares que llegaron a la
Tierra. Una de ellas fue una gigantesca
llamarada clasificada en el nivel fuerte,
con una duración aproximada de 30
minutos, según midió el Centro de
Clima Espacial de la Administración
Oceanográfica y Atmosférica de los
Estados Unidos, NOAA. Los científicos
designan este tipo de actividad como
una “eyección de masa coronal”, una
expulsión de materia extremadamente
caliente
generada
por
campos
electromagnéticos de la superficie y
capas externas del astro. Cabe señalar
que cada 11 años el Sol presenta un
ciclo de mayor actividad de este tipo,
caracterizado por manchas visibles. Y
2014 está en el ciclo. Estas manchas son
en realidad un contraste entre zonas más
“frías” y otras más “calientes”, donde se
produce una enorme tensión magnética
entre flujos de materia, que finalmente
se liberan en todas direcciones. A veces
nos alcanzan.
Este tipo de fulguraciones no es
una simple erupción solar, que son
bastante frecuentes y sus efectos no
llegan a la Tierra. Por el contrario,
las eyecciones de masa coronal son
huracanes espaciales y están en la
cúspide del “mal humor” de nuestra
estrella. Son ondas de choque cósmico
de cientos de millones de toneladas de
partículas subatómicas de muy alta
energía, incluidos rayos X, gamma
y UV, que avanzan a decenas de
miles de kilómetros por segundo
y que casi desbordan la protección
que ofrece a nuestro planeta su
propio campo magnético, que nos
protege de los efectos dañinos del
Sol, como quemaduras y cánceres de
piel. Cuando uno de estos ciclones
tiene en su campo de tiro a la Tierra
- y el de octubre sí lo hizo -, puede
llegar en menos de cuatro días y
causar problemas a los satélites de
comunicaciones y redes de transmisión
eléctricas. En el caso de los satélites a
gran altura, por ejemplo los del sistema
de posicionamiento global, GPS, que
orbitan a 36.000 kilómetros de altura,
las partículas magnéticas del Sol
pueden desprogramarlos, desviarles el
rumbo, o simplemente achicharrarlos,
afectar los sistemas de navegación
de barcos, aviones, vehículos y la
telefonía celular, que funciona con
electromagnetismo. Incluso a un
astronauta podrían causarle severas
lesiones por exposición a los rayos
X. Si una de estas tormentas es muy
fuerte, y las ha habido, existe la
posibilidad de que cause trastornos en
la actividad económica de un mundo
cada vez más globalizado.
En general, no nos damos cuenta
del terrible poder del Sol. A menudo
observamos, a veces sin darnos cuenta,
sus efectos benéficos, el calor y luz que
nos brinda, lo cual permite la existencia
del clima, de las plantas, animales y
la civilización humana. Pero nuestra
estrella nos bombardea diariamente
con radiaciones de distinto tipo, y si la
Tierra careciera del escudo magnético
que nos protege sólo sería un planeta
sin vida. Es muy compleja la relación
que nos impone nuestro astro mayor.
Por de pronto, tener en cuenta que
es algo más que una enorme bola de
gas ardiente puesta arriba de nuestras
cabezas.